lunes, 7 de abril de 2014

La simple necesidad de necesitarte


¿Cómo estás? Hace tiempo que no nos vemos. Ayer fui a visitarte y te dejé la flor más bonita que había visto en el mercado aquella mañana. Aún me cuesta no llorar, pero poco a poco lo voy consiguiendo. Sé que tú llegaste para irte, y yo llegué para quedarme, y echarte de menos. Aunque tú preferías decir que siempre habías querido ser un pájaro y volar, libre. 
Dime, ¿Lo has conseguido? 
Te imagino volando. Como de improviso pasas por mi lado, hombre invisible que encandila el aire. A veces me parece sentir tu olor. ¿Eres tú, verdad?

Espero que no estés enfadado conmigo. He pasado por momentos en los que yo misma lo he sentido. Ese dolor… ¿Sabes?  Me acostumbré a ti. A que dejaras la habitación sin hacer, a tu pelo revuelto y sin peinar, a tu taza de té con vainilla, a esos libros viejos encima de la mesita de noche. Me hice adicta a tus peculiares buenos días con pasta de dientes en mi mejilla. No supe que hacer el día que todo eso desapareció. Retuve como tanto tiempo pude todas aquellas cosas. Hasta que me di cuenta que me hacía más daño retenerlas que dejarlas ir con el paso del tiempo. No quise vestirme de negro el día de tu despedida, odiabas ese color. Así que me disfracé de amapolas y abracé esa piedra helada para decirte adiós.

A veces te echo de menos.

Me abracé a la necesidad. Caminé por los mercados nocturnos buscando a alguien que se pareciese a ti. Horas pasaban. Y me asqueaba acabar haciendo el amor con alguien que no eras tú. Luché contra mis deseos y contra mi soledad. Pasaba las páginas de los libros rápidamente mentalizando que esa era mi vida, y que tal vez de esa forma todo pasaría más rápido. No funcionó.

Tenías razón. Después de cada tormenta sale el sol. Y yo pude ver un pequeño rayo solar.

El día que decidí hacer un viaje me despedí de ti por última vez tras 4 meses y 2 días. Me deseaste suerte a lo lejos diciéndome adiós con la mano. Y yo te sonreí. Yo en la tierra y tú en el cielo. No parecía ahora tanta distancia. Cogí una mochila y mi bicicleta. Llegué a un desierto marítimo, más bonito de lo que imaginé. Conocí gente nueva, gente sabia como ninguna, así día tras día me sentí más llena y poderosa. Creí  encontrar un nuevo amor, pero decidí no convertir en necesidad a otra persona que no fuera yo.

Y después de 2 meses y 5 semanas aquí estoy, ya no lloro. Te sonrío y te doy las gracias por todo. Gracias por haber compartido conmigo parte de tu felicidad, me siento afortunada. Espero que sigas volando libre como deseabas. Tal vez algún día dentro de mucho tiempo podamos volar juntos de nuevo, y así me enseñes todo ese paraíso del que me hablabas.


No hay comentarios :

Publicar un comentario